EVENTOS

Vicio, virtud, deseo, locura: tres siglos de obras maestras flamencas

Par Sophie Archambault

EVENTOS

11 septiembre 2024

Foto tomada de la página Facebook del MBAM, publicada el 5 de Julio 2024

En esta extraordinaria exposición, el Museo de Bellas Artes de Montreal nos transporta al corazón de Flandes entre los años 1400 y 1700. A través de casi 150 obras, descubrimos cómo el arte permitía a la sociedad flamenca de la época tocar, comprender e incluso manipular los aspectos sagrados y profanos de la existencia.

 

La imagen y lo divino

 

Tras la devastadora peste negra del siglo XIV, la presencia humana en el universo se consideró más precaria que nunca. Los flamencos querían tener un contacto más inmediato con Dios para remediar sus incertidumbres existenciales. En estas condiciones, los pintores flamencos empezaron a producir “figuras sagradas en forma de seres humanos de carne y hueso en escenarios familiares y contemporáneos”[1], que algunos individuos adinerados podían colgar en sus casas para crear una intimidad entre ellos y las Sagradas Escrituras.

Como los flamencos tienen ahora una relación más privada con el arte, los cuadros que cuelgan en sus casas pueden observarse más de cerca y con mayor detenimiento: pueden ser contemplados con atención. Como resultado, los flamencos pueden ver más claramente los numerosos detalles de los cuadros. Sobre todo, éstos representan el hecho de que Dios está en todo y en el origen de todo, desde lo infinitamente grande hasta lo extremadamente pequeño. Es omnipresente en los cuadros y, por tanto, también está plenamente con la persona que lo mira concienzudamente.

La exposición presenta una serie de pinturas de artistas flamencos que ilustran esta atención religiosa al detalle. Mientras Hans Memling, en su Natividad, superpone finas capas de óleo para crear colores brillantes que evocan la luz divina, otros como Gérard David, en La Lamentación, perfeccionan detalles como «los pliegues del tocado de María o las delicadas clavículas de Cristo», animando “a los fieles a participar en este trágico momento” que son las secuelas de la crucifixión. Los pintores flamencos nos mostraron que, más que el diablo escondido en los detalles, es el poder de Dios el que reside en ellos.

 

El retrato: dimensiones religiosa y social

 

Como parte de este intento de acercarse a las figuras religiosas, la moda de los retratos se extendió a las clases media y alta. Para los flamencos, “las imágenes tenían el poder de permitirles rezar simbólicamente, a través de sus propios retratos. De este modo, sus plegarias llegarían al cielo incluso después de su muerte”. Así pues, el retrato tenía un valor simbólico que permitía a los flamencos acercarse a Dios a través de la imagen pintada de sí mismos. En este sentido, el cuadro de Jan Sanders van Hemessen Retrato doble de un hombre y su mujer jugando al Tric trac incluye vino para afirmar la confesión cristiana de la pareja, así como un loro, animal prestigioso que representa el paraíso: todos ellos son signos de un buen matrimonio para la pareja pintada, pero también de su devoción a Dios.

Si bien el retrato permitía a los ricos expresar su filiación religiosa, también era un objeto social utilizado para expresar tanto el estatus jerárquico como el económico, como demuestra la presencia en el mismo cuadro de un plato de frutas, símbolo de fertilidad y riqueza. Además, “los retratos reales eran también instrumentos de propaganda”[2], y exponerlos en los grandes salones de las casas equivalía a afirmar afiliaciones políticas, lo que atestigua el gran poder social de este tipo de pintura.

 

El espejo de la locura

 

Sin embargo, algunos de los cuadros de la exposición contrastan fuertemente con la solemnidad de las escenas religiosas y los retratos. El exceso domina estos lienzos: la fiesta, el juego, la embriaguez, la lujuria, la música y la comida en abundancia ponen de relieve escenas cómicas de la vida cotidiana que divierten a la vez que revelan los defectos y debilidades humanos. Los cuadros, bastante descarados, transmiten sin embargo un mensaje religioso y espiritual. Al reírse de sí mismos y de sus vicios, los seres humanos admiten sus imperfecciones y pueden esforzarse en mejorar.

 

Las escenas de estos cuadros pretenden ser una especie de espejo. Aunque a menudo están llenas de bromas, juegos y dobles sentidos ingeniosos, el remate es siempre muy serio: no sucumbas a la locura y al pecado como en estas obras, o nunca llegarás al cielo.

 

Es el caso, por ejemplo, de una obra titulada Los recaudadores de impuestos, de Marinus van Reymerswale, en la que el vicio de la avaricia de quienes se beneficiaban de la recaudación de impuestos en el siglo XVI aparecen representados en la fealdad grotesca y caricaturesca de los rostros de los hombres pintados. El cuadro de Quentin Metsys y Jan Metsys, titulado Motus et bouche cousue[3], es un reflejo de nuestro yo más íntimo. Al representar a un bufón que nos mira, muestra la parte alocada de nosotros mismos que a veces intentamos negar en lugar de afrontar.

 

Arte y collecciones

 

En el siglo XVI, ”la bulliciosa ciudad portuaria de Amberes se convirtió en uno de los principales centros de distribución de los imperios español y portugués”, con lo que se integró en la economía mundial. Esta posición estratégica generó una inmensa riqueza en la ciudad y estimuló una importante actividad económica. La prosperidad económica animó además a los flamencos de alto rango a aficionarse a coleccionar objetos exóticos procedentes de los cuatro rincones del mundo, así como obras de arte.

Algunos incluso montaron galerías de arte en sus casas. Sin embargo, esta acumulación de bienes materiales no carecía de consecuencias espirituales. En un contexto religioso como el de Flandes de aquella época, esta acumulación ostentosa se percibía como un acto de vanidad que situaba a Dios por debajo del individuo. Para contrarrestar este vicio, “muchas de las obras de esta colección evocan la mortalidad” y la brevedad de la vida. Los cuadros con calaveras en primer plano, como la Vanitas con busto femenino de Catarina Ykens, recuerdan a los coleccionistas que la vida es efímera y la muerte inevitable. En última instancia, pues, estas representaciones artísticas sirven de memento mori, incitando a la reflexión sobre la fugacidad de la existencia y la futilidad de las posesiones materiales frente a la eternidad divina.

Una cosa queda clara con esta exposición. El arte flamenco de la época es sin duda un reflejo de las costumbres religiosas de los flamencos de los siglos XV al XVIII, pero también de sus creencias, sus técnicas, su funcionamiento social y político, sus valores y su auge económico. Visitar la exposición Vicio, Virtud, Deseo, Locura es ante todo entablar un auténtico diálogo con el conjunto de la sociedad flamenca de la época.

 

Notas:

 

[1] Todas las citas del texto se han tomado de un texto expográfico, salvo que se indique lo contrario.

[2] Extracto de audio del Museo de Bellas Artes de Montreal sobre el retrato del Archiduque Alberto de Austria.

[3] Motus et bouche cousue es una expresión francesa que designa el silencio y/o el secreto.

 

ACERCA DE SOPHIE ARCHAMBAULT

Candidata al doctorado en estudios literarios por l’UQAM, Sophie lee y escribe para entender mejor al ser humano, la sociedad, pero sobre todo al mundo en el que vive. Noctámbula, sus lecturas nocturnas sobre la espiritualidad y los fenómenos religiosos han acrecentado su interés por el concepto de lo sagrado. Amante de la naturaleza y sus peligrosas bellezas, la mitología, la historia del arte y todo lo que requiere creatividad, Sophie gusta de encontrarse a sí misma a través de estas pasiones para luego abrirse al mundo que la rodea.

 

Las opiniones expresadas en los textos son de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de la Fundación Padre-Menard. Todos los textos publicados están protegidos por derechos de autor.

 

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