El padre Jean Braconin es sacerdote de la Sociedad de los Misioneros de los Santos Apóstoles desde hace algo más de veinticinco años. Originario de la República Democrática del Congo, trabaja actualmente como capellán en la prisión federal de Cowansville, en Estrie, donde acompaña a los reclusos en su camino personal para que encuentren la esperanza y la posibilidad de renacer en medio mismo de las pruebas que atraviesan.
La prisión de Cowansville es un establecimiento de media seguridad que acoge principalmente a hombres que cumplen condenas de más de dos años. Tiene una capacidad para unos seiscientos reclusos y apuesta por un enfoque centrado tanto en la seguridad como en la reinserción social.
En este contexto, el papel del capellán cobra todo su sentido entre los reclusos: “Nuestros hermanos, los presos, también necesitan a Dios —afirma el padre Jean—, y tratamos de recordarles que Él no los olvida. Han cometido errores, pero todos tenemos derecho a una segunda oportunidad, tanto ante Dios como en la vida”.
El entorno penitenciario debe garantizar la libertad de culto y permitir a los reclusos practicar su religión; por eso hay capellanes de diferentes tradiciones (católica, protestante, budista, musulmana, etc.). En la prisión federal de Cowansville, el padre Jean ofrece apoyo espiritual, religioso y moral a los reclusos. Escucha y acompaña sin juzgar, ofreciendo una presencia centrada en la esperanza, la dignidad y la espiritualidad.
Convertirse en capellán de prisión
El padre Jean Braconin Kasiama, M.S.A., ha desempeñado diversas responsabilidades pastorales en la República Democrática del Congo, Camerún, Perú y Canadá, trabajando respectivamente al servicio de las vocaciones en la Iglesia, de las personas desfavorecidas y en el acompañamiento espiritual, primero como párroco y después como responsable de la atención espiritual en un hospital de Val-des-Sources y en Quebec.
Para mí, el acompañamiento de personas en cuidados paliativos fue muy duro a nivel emocional. Se está en contacto con mucho sufrimiento, y las situaciones suelen cambiar muy rápidamente. En el hospital, acompañaba a personas en la etapa final de su vida, mientras que en el entorno penitenciario acompaño a personas que aún tienen toda la vida por delante.
Desde agosto de 2024, el padre Jean Braconin continúa su misión poniendo su experiencia y su disponibilidad al servicio de los reclusos. Entre las actividades que ofrece el padre Jean se encuentran el estudio de la Biblia, la celebración de la misa y el sacramento de la reconciliación. También participa en el club de lectura dirigido por voluntarios. Dada la presencia de reclusos de diferentes confesiones, un equipo de capellanes ofrece acompañamiento mediante un enfoque ecuménico, que fomenta el respeto y el diálogo entre las diferentes tradiciones religiosas. Por otra parte, monseñor Christian Rodembourg, M.S.A., obispo de Saint-Hyacinthe, ha acudido en varias ocasiones a celebrar la misa con los reclusos de Cowansville.
A nuestra capilla la llamamos el centro interconfesional. La misa católica se celebra los domingos a las siete de la tarde, pero el resto de la semana ofrecemos actividades interconfesionales en las que todos nos reunimos para tomar un café en un ambiente de fraternidad: allí compartimos reflexiones personales, testimonios de vida y, a veces, incluso jugamos una partida de cartas.
Por supuesto, también está el acompañamiento individual, que requiere establecer una relación de confianza para que los reclusos puedan abrirse y avanzar en su camino de conversión, perdón, justicia reparadora y reinserción social. “Al acompañarlos, descubro que, muy a menudo, son el resultado de crisis familiares: una infancia sin amor, marcada por el maltrato o incluso por el abandono. Posteriormente, tomaron malas decisiones y acabaron en la cárcel. Entonces intento reflexionar con ellos: ¿Qué te llevó a hacer eso? Juntos, buscamos comprender las motivaciones profundas que los llevaron hasta allí”.
¿Cómo consigue crear ese vínculo de confianza? Para el padre Jean, la clave está en adoptar una actitud de apertura, en ver realmente al ser humano que tiene delante, con todo lo bello que hay en él, pero también con lo más oscuro. La confianza se va construyendo poco a poco, como en cualquier relación humana. Casi de forma natural, los reclusos se confían así más al capellán, que se convierte en cierto modo en “el guiño de Dios” en la cárcel. Sin embargo, si el padre Jean recibe información de un recluso que pueda comprometer la seguridad de otras personas, está obligado, de acuerdo con los protocolos del servicio penitenciario, a informar discretamente a su agente de libertad condicional o a un guardia, quien se encargará de dar el seguimiento adecuado.
Lo que la cárcel me ha enseñado sobre el ser humano —afirma el padre Jean— es que cada uno hará lo que sea para sobrevivir. El entorno carcelario es un mundo duro, donde los reclusos desarrollan mecanismos de defensa e intimidación para no dejarse pisotear por los demás.
Evidentemente, también vive momentos de impotencia, cuando se da cuenta de que algunos no quieren cambiar. “Culpan al sistema o al Gobierno, sin reconocer su propia parte de responsabilidad, y dicen que quieren seguir buscando el dinero fácil, 15 mil ó 25 mil dólares, incluso a riesgo de volver a la cárcel. En esos momentos, me pregunto: ¿para qué seguir? La tentación de tirar la toalla puede ser fuerte. Sin embargo, en el fondo, siento que debo intentarlo de todos modos, aunque solo sea sembrando una palabra, un gesto, una presencia. Así que sigo adelante y dejo en manos de Dios la tarea de continuar la obra en el corazón de las personas”.
La soledad tras las rejas
“Los reclusos echan más de menos, sobre todo, no estar con su familia”, comenta el padre Jean.
Así, la relación de confianza que se teje con el capellán viene, en cierto modo, a llenar el vacío que deja el progenitor ausente o el hermano que no perdona. También puede ayudar a mantener y reforzar los lazos familiares, ya que el capellán actúa a veces como intermediario para transmitir cartas o tarjetas de felicitación y de cumpleaños destinadas a sus esposas e hijos. “Por supuesto, esta correspondencia pasa por el servicio de seguridad, ya que hay que asegurarse de que se trata únicamente de cartas, sin ningún otro objeto”.
El acompañamiento adquiere también una dimensión especial en los momentos más difíciles, sobre todo cuando fallece un ser querido y los reclusos no pueden asistir al funeral. En estas situaciones, lo que más necesitan es que alguien esté a su lado, que los escuche y les brinde apoyo. El padre Jean también acompaña a los reclusos en sus últimos momentos.
Cuando llegué, un recluso ya llevaba cuarenta años aquí. Poco después, falleció en prisión, a la edad de setenta años. Ver morir a alguien en prisión me marcó profundamente. Son realidades que quedan grabadas en la memoria.
Acompañar el camino hacia la libertad
El padre Jean Braconin también ofrece acompañamiento cuando se acerca la salida de prisión, una etapa de transición que a menudo se vive con miedo, dado el riesgo de recaer en viejos hábitos y malas compañías.
Los reclusos se incorporan entonces a un programa de libertad condicional y quedan bajo la supervisión de un agente de libertad condicional, encargado de velar por que cumplan sus compromisos: acudir a su trabajo, abstenerse de consumir alcohol o drogas y evitar todo contacto con el entorno delictivo. En caso de incumplimiento de las condiciones, pueden ser reingresados en prisión, lo que, lamentablemente, les ocurre a muchos de ellos.
Uno de los obstáculos para la rehabilitación son los prejuicios que la sociedad tiene hacia las personas recluidas. Al mismo tiempo, el padre Jean comprende que a veces resulte difícil no juzgar ante ciertas situaciones.
¿Es esto un lastre? Sin duda. Por mi parte, simplemente invito a las personas de afuera a rezar por los reclusos, lo cual es una forma de acompañarlos, de una manera u otra, en su camino de transformación y reinserción.
Agradecemos al padre Jean esta interesante entrevista, que no es la primera que publicamos en nuestro blog. En 2020, nos hablaba de Mukoko, su pueblo natal, donde se han llevado a cabo proyectos humanitarios gracias al apoyo de la Fundación Père-Ménard.
ACERCA DE MIRIAM CASTRO
Apasionada por los viajes y la cultura, Miriam decidió establecerse en Quebec. Graduada en administración filantrópica y gestión de proyectos en HEC Montreal, y con un máster en comunicación por la UQAM, ocupa desde hace más de trece años el puesto de directora general de la Fundación Père-Ménard. Cuando no está corriendo para meditar en movimiento, le gusta leer, ver películas y series o compartir una buena comida con la gente que ama.
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