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En la perícopa de Lucas (6, 39-42), Jesús nos invita a reflexionar sobre la calidad de nuestra mirada. Lo hace en forma de preguntas: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego?” “¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano?”
Si prestamos atención a los calificativos que asociamos a los ojos, a la mirada, descubrimos que pueden expresar una dimensión positiva o negativa. A veces hablamos de una mirada atenta, justa, tierna… y otras veces de una mirada astuta, engañosa, maliciosa. La mirada revela los sentimientos del corazón.
Los ojos son el espejo del alma. Un proverbio ruandés dice: “Entre el ojo que te desea un rayo y el que te desea una novia, no te equivoques”. O este otro: “El ojo de un amigo llora por ti aunque esté ciego”. Tanto la paja como la viga son obstáculos que nos impiden ver con claridad, discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el bien y el mal. De ahí la importancia de cuidar nuestra mirada, de educarla, para que esté al servicio de la verdad, la belleza y la bondad.
Si quiero guiar a los demás por el camino de Jesús, debo estar atento a cuidar mi propia ceguera, comenzando por quitar la viga de mi ojo. A partir del ejemplo mismo de Jesús, en sus palabras y en toda su vida, me gustaría destacar tres cualidades importantes de la mirada: una mirada atenta, una mirada que busca comprender, una mirada llena de ternura.
La atención se opone a la distracción. Una mirada atenta sabe ver lo que sucede a nuestro alrededor. Es capaz de ver algo nuevo en las personas con las que nos cruzamos cada día, en entornos familiares. Sabe apreciar la belleza de una puesta de sol o la sonrisa de un niño.
Recordemos esta reprimenda de Jesús: “Tienen ojos y no ven”. ¿Acaso la alabanza y la acción de gracia no nacen de una mirada admirativa?
El ojo atento busca comprender, interpretar lo que ve. Hay que aprender a leer, a interpretar los signos. Esto es cierto en la vida cotidiana. Las nubes del cielo pueden anunciar lluvia o buen tiempo. Las curaciones de Jesús son signos del amor todopoderoso de Dios. Aquí, una vez más, Jesús nos advierte cuando dice: “Miran sin ver”. O bien: “Bienaventurados los ojos porque ven lo que muchos profetas desearon ver y no vieron”. Más allá de los acontecimientos cotidianos, ¿qué quiere Dios que veamos?
Nuestra mirada debe tener otra cualidad además de la atención y la comprensión. Debe estar impregnada de ternura y bondad. Entonces hablaremos de los ojos del corazón. ¡No olvidemos que las lágrimas que brotan de nuestros ojos emanan de los sentimientos profundos de nuestro corazón! Una vez más, Jesús nos muestra el camino. Cuando se encuentra con un enfermo, un sordomudo, un pecador, Jesús lo ve y se compadece de él. ¿Sabemos mirar a los demás con los ojos del corazón?
ACERCA DE YVON POMERLEAU
Después de más de treinta años como misionero en Ruanda, donde vivió la violencia del genocidio, y como asesor del Superior de la Orden de Predicadores en Roma, fue prior provincial de los Dominicos de Canadá de 2002 a 2010. Amante de la naturaleza y del otro, Yvon participa, entre otras cosas, en el desarrollo del Hogar del Mundo, un refugio para solicitantes de asilo y refugiados en Montreal.
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