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La noche de Pascua no se parece a ninguna otra noche. El día de Pascua no se parece a ningún otro día. ¡Este es el día que hizo el Señor, que sea para nosotros día de fiesta y alegría! (Sal 117,24). ¡Se nos ha dado un cielo nuevo, una tierra nueva! ¿Está nuestro corazón dispuesto a acoger este regalo de Dios, amor, misericordia y ternura?
La Pascua es, ante todo, Alguien. La Pascua es Jesucristo resucitado, la piedra angular. Él es quien se ha hecho como nosotros, para que, al hacerse uno de los nuestros, nos convierta en sus hermanos y hermanas y nos lleve con él hacia Dios nuestro Padre, lleno de ternura y misericordia.[1]
La Pascua no es solo un recuerdo de un acontecimiento histórico pasado, vivido hace más de dos mil años en Tierra Santa. La Pascua es el misterio de la Cruz y el misterio de la tumba de Jesús, que las mujeres y los primeros discípulos de Cristo encontraron vacía.
La Pascua es también el hoy de Dios que se abre al futuro que se acerca. La Pascua son nuestras alegrías y nuestras penas, son nuestros proyectos y nuestras decepciones, son nuestros actos y nuestros errores que cobran un nuevo sentido.
La Pascua son todas las facetas de nuestra vida concreta, las mejores y las menos relevantes, llevadas y depositadas en la inmensidad del amor del corazón de Dios. La Pascua es una alegría universal que resuena en toda la familia humana y nos invita a vivir un cambio radical de vida, una verdadera conversión interior, una transformación total de nuestro ser.
La Pascua es una unción de esperanza sobre el universo herido por tantas locuras asesinas, es una unción de esperanza sobre los cuerpos y los corazones destrozados por el odio, el terrorismo, la violencia, las intimidaciones, los abusos de todo tipo. Es la fuerza de la fe que no cede ni a la angustia ni a la resignación.
La Pascua es un audaz trampolín que nos invita a salir de nuestras tumbas humanas, que a veces son nuestros proyectos mezquinos, nuestros ídolos efímeros, nuestros egoísmos paralizantes, nuestros sueños sin ambición…
La Pascua es ese momento preciso en el que Cristo, fuente de la vida verdadera, nos propone abandonar las apariencias y la superficialidad de nuestra sociedad humana mundana para entrar de lleno, definitivamente, en el corazón del Amor verdadero, es decir, un amor que es don de sí mismo, servicio desinteresado, compartir, acoger al otro diferente de uno mismo. La Pascua es una solemne llamada a confiar en que la muerte nunca tendrá la última palabra.
Creer en Cristo resucitado es acoger en nuestra vida la luz que nos permite descubrir esta vida, este mundo y sus desafíos, nuestras alegrías, nuestros sufrimientos, nuestros aciertos y nuestros errores, con otra mirada. Creer en Cristo resucitado es vivir los imprevistos giros de nuestra vida cotidiana bajo el impulso del soplo del Espíritu Santo.
Creer en Cristo resucitado es acoger en lo más profundo de nuestro ser la misericordia divina y recibir el perdón de Dios, que nos abre a nuevos horizontes insospechados. Creer en Cristo resucitado es ser cada día discípulos misioneros del Evangelio de la alegría, erguidos y audaces, allí donde Dios nos coloca, en el seno de nuestras parejas, nuestras familias, la sociedad que nos rodea, nuestra humanidad.
Creer en Cristo resucitado es vivir concretamente, aquí y ahora, ¡como resucitados! Avancemos en aguas profundas al corazón del mundo. ¿Estás listo? ¿Te comprometes a ser testigo del Resucitado?
Nota:
[1] Gregorio de Nisa, padre griego del siglo IV.
ACERCA DE CHRISTIAN RODEMBOURG
Obispo de la Diócesis de Saint-Hyacinthe y miembro del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Canadiense, Monseñor Christian es un hombre de acción que prefiere conocer al otro en lo concreto de la vida cotidiana, para vivir la misión pastoral en equipo, mujeres y hombres, laicos y sacerdotes, y crecer juntos en humanidad y espiritualidad.
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