REAVIVA TU ESPERANZA

Permanezcamos en Cristo

Demeurons dans le christ
Christian Rodembourg

Par Christian Rodembourg

REAVIVA TU ESPERANZA

25 junio 2025

Foto de Mayur Gala / Unsplash

Amor y amigos: ¡qué bellas palabras, tan llenas de significado! Seguro que todos las apreciamos. Sentimos un profundo deseo de experimentarlas cada día.

Al mismo tiempo, el amor puede entrañar muchos matices y grados de calidad. A veces, por desgracia, la palabra también puede esconder una especie de falsificación, como diríamos en el sector de la fabricación. Así pues, no dudemos en ser vigilantes, audaces y creativos.

Para nosotros, cristianos creyentes, amar significa que todo amor verdadero tiene su fuente y sus raíces en el corazón mismo de Dios.

En el evangelio de Juan, escuchamos a la vez alabanzas al amor de Dios y alabanzas al amor fraterno que nos une. Por la gracia del Señor, somos diferentes, pero estamos unidos por la raíz divina del amor.

¡Y qué raíz! Esa raíz es Cristo resucitado que, en la tarde del Jueves Santo, nos mostró la clave para comprender lo que es el verdadero amor: el servicio de los unos a los otros. Sabiendo esto, dichosos ustedes si lo hacen (Jn 13,1-17).

Si releemos los Hechos de los Apóstoles, veremos lo difícil que fue para los primeros cristianos comprender y aceptar que Dios no hace distinciones entre los seres humanos, cualquiera que sea su nación de origen. Sin embargo, la buena nueva de la inmensa ternura de Dios es para todos, sin excepción. El don del Espíritu Santo se derrama ampliamente, incluso sobre los paganos.

Seamos lúcidos, porque aún hoy en nuestro mundo y dentro de los grupos sectarios, muchas personas clasifican fácilmente a los demás encerrándolos en cajitas llenas de prejuicios. El Espíritu Santo hace y hará estallar estos prejuicios malsanos por todos lados. Las personas así encasilladas ocupan el primer lugar en el corazón de Dios.

 

Amados, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

(1 Jn 4,7)

 

¿Dónde estoy yo personalmente, y dónde estamos nosotros como comunidad, en este camino del amor en nuestra vida personal, en nuestra vida matrimonial, en nuestra vida familiar, en nuestra vida fraterna, en nuestra vida comunitaria cristiana, en nuestro monasterio o convento, en el corazón de nuestros diversos compromisos en la sociedad, en nuestro barrio y en la Iglesia?

San Juan es muy claro: Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Hagamos, pues, un examen honesto de nuestra experiencia de vida, de la calidad de nuestro compromiso para recorrer el camino del amor propuesto por Cristo durante su vida pública. ¿Cuáles son las raíces de mi amor? ¿Mi amor por nuestros hermanos y hermanas en la humanidad está verdaderamente enraizado en el amor con el que Dios nos ama? ¿Soy consciente de que cada acción que realizo y cada palabra que digo a lo largo del día pueden estar bañadas por y en el mismo amor de Dios? (Jn 15,4).

Otras dos palabras de Jesús me dan energía: Ustedes son mis amigos y Permanezcan en mi amor (Jn 15,9). Aquí estamos, en el corazón mismo del proyecto de Dios sobre la familia humana. Dios nos hace corresponsables de su proyecto de amor a la humanidad. ¿Somos constructores de paz, de aceptación mutua, de escucha respetuosa, de compartir, de compasión, de ternura, de tolerancia, de perdón, de amor?

Para permanecer fieles a nuestra responsabilidad compartida en esta misión de amor, necesitamos verificar, día tras día, nuestras raíces personales en el corazón de Dios, la fuente de nuestro amor. ¿Cómo hacerlo? Por la calidad de nuestra oración, por la calidad de nuestros silencios para escuchar a Dios y el soplo de vida que actúa en nosotros, por la calidad de nuestro alimento espiritual dominical, por la calidad de nuestra producción de frutos concretos en nuestra vida cotidiana. ¿No somos nosotros los sarmientos?

Cristo vino a revelar al mundo el verdadero rostro de Dios, que quiere que su alegría esté en cada ser humano y que todos estén llenos de alegría. ¿Somos testigos de ello?

No dudemos en hacer nuestras estas palabras del salmista: Canten al Señor un cántico nuevo… Aclamen al Señor toda la tierra, suenen, canten, toquen porque Dios es bueno, tierno y misericordioso (Sal 97).

 

ACERCA DE CHRISTIAN RODEMBOURG

Obispo de la Diócesis de Saint-Hyacinthe y miembro del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Canadiense, Monseñor Christian es un hombre de acción que prefiere conocer al otro en lo concreto de la vida cotidiana, para vivir la misión pastoral en equipo, mujeres y hombres, laicos y sacerdotes, y crecer juntos en humanidad y espiritualidad.

 

Las opiniones expresadas en los textos son de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de la Fundación Padre-Menard. Todos los textos publicados están protegidos por derechos de autor.

 

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