Foto de Laurence Gagnon
Oscar, de diez años, sabe que va a morir. En el hospital donde pasa sus últimos días, los médicos y sus padres lo tratan de manera diferente. Afortunadamente, está Abuelita Rosa y sus historias para calmar las inquietudes de Oscar y ayudarlo a entender lo que le está pasando. Y, para los momentos difíciles, está Dios.
Oscar y la dama rosa es una novela corta de Éric-Emmanuel Schmitt que forma parte de una serie de obras de contenido metafísico titulada El ciclo invisible. En ella conocemos a Oscar, un niño con leucemia que comprende más de lo que la mayoría de los adultos que lo rodean quieren admitir.
Asistimos a sus últimos doce días a través de las cartas que escribe a Dios. La dama rosa es Abuelita Rosa, una cuidadora que se hace amiga de Óscar y le sugiere que viva como si cada día que viene equivaliera a diez años, permitiendo así al chico vivir su adolescencia, su edad adulta y su vejez, en un verdadero desafío a la muerte.
Dar sentido al absurdo
Cuando conocemos a Oscar al principio de la historia, nos damos cuenta inmediatamente de su confusión: él es consciente de su estado, pero no comprende las reacciones que observa a su alrededor. Su médico y sus padres cambian de actitud hacia él, lo que acentúa su sentimiento de alienación. La incomprensión pronto da paso a la frustración, la ira y el dolor, sentimientos que no logra exteriorizar. Pero la pregunta principal que lo atormenta es la siguiente: ¿por qué? ¿Por qué le está pasando todo esto? ¿Qué ha hecho para merecer tanto sufrimiento?
Abuelita Rosa es quien le ayuda a responder a estas preguntas, ilustrándolas con ejemplos pintorescos que, según ella, provienen de su propia vida como campeona de lucha libre. Personajes con nombres divertidos, —como Plum Pudding, la luchadora irlandesa que tenía miedo a morir— permiten a Óscar comprender sus propios miedos y afrontar mejor lo desconocido.
Gracias a las palabras llenas de humor de Abuelita Rosa, que lo animan a reflexionar, a mostrar empatía y a tomar distancia de lo que está viviendo, el niño comienza a comprender. Sus padres también tienen miedo y sufren al verlo deteriorarse; el doctor Düsseldorf se siente culpable por no poder hacer más para salvarlo. Finalmente, Oscar comprende que no se ha “merecido” lo que le está pasando y que la enfermedad no es un castigo, sino un hecho.
Al dejar de encerrarse en su desgracia, Oscar consigue comprender mejor lo que sucede a su alrededor y aceptarlo mejor.
La serenidad del presente
Con la comprensión y la aceptación llega una cierta forma de paz interior. Eso es lo que permite a Oscar disfrutar de sus últimos días y vivir una vida plena a toda velocidad. Y es a Dios a quien le cuenta sus días, en forma de cartas diarias.
Si Abuelita Rosa le ofrece las explicaciones y el apoyo que necesita para comprender lo que le está sucediendo, Dios es el interlocutor que le escucha cuando Oscar necesita desahogarse. Le describe sus emociones, lo que le permite poner orden en lo que siente y recuperar el equilibrio emocional. Es también a través de la escritura diaria que Oscar alcanza una cierta sensación de plenitud: le cuenta a Dios sus días llenos de actividades, en los que teje lazos de amistad y, a veces, de amor.
Dios también le permite mirar hacia el futuro. Aunque sabe que ya no estará allí, Oscar desea que Dios visite a sus seres queridos y vele por ellos en su lugar. Él es el mensajero que transmitirá a los seres queridos de Oscar lo que él mismo no tendrá tiempo de decirles, lo que le permite tener la conciencia tranquila.
Oscar nota de igual forma la presencia de su fiel amigo en las pequeñas cosas de la vida cotidiana y ve la belleza que lo rodea: por ejemplo, los colores del amanecer cuando todos aún duermen, incluso los pájaros. El niño se toma el tiempo para saborear el momento presente, tomando nota de cada detalle, cada percepción de sus sentidos, y encontrando en ello una especie de serenidad, antes de escribirlo todo a su corresponsal, pero también para inmortalizar la belleza de ese instante.
Dios es, por tanto, una síntesis de todo lo que Oscar necesita para llegar al final de su viaje. Toma la forma de un amigo en quien buscamos consuelo, con la seguridad de que estará ahí en nuestros momentos más difíciles; la de un ser mágico que puede cumplir nuestros deseos o transmitir mensajes a nuestros seres queridos; la de una presencia que se encuentra en todas partes, para recordar a Oscar que debe encontrar la belleza en las cosas sencillas de la vida cotidiana.
Éric-Emmanuel Schmitt encuentra en su escritura el equilibrio perfecto entre la inocencia y esa sorprendente lucidez de la que son capaces los niños y que a veces los adultos ignoran. También pone de relieve que, en última instancia, la espiritualidad puede adoptar muchas formas y vivirse de múltiples maneras, siempre que satisfaga nuestra necesidad de equilibrio y paz interior. Oscar encuentra ese equilibrio al dar forma a esa necesidad de espiritualidad: Dios, su fiel corresponsal, pero también Abuelita Rosa, su amiga y fuente de conocimiento, que le guían a ambos, a su manera, hacia su último día.
Para Oscar, la luz no está al final del túnel: ya está ahí, a su alrededor.
ACERCA DE LAURENCE GAGNON
A Laurence siempre le ha apasionado la literatura. Maestra en lengua y literatura francesas por la Universidad McGill, le interesa lo que los textos literarios pueden decir sobre el ser humano y su relación con el mundo. Curiosa por naturaleza, Laurence disfruta aprendiendo sobre diferentes culturas, su modo de ver la espiritualidad y sus relaciones con la comunidad. Sus pasatiempos van desde caminar por el bosque hasta el cine japonés, la literatura de las Primeras Naciones y la música clásica.
Las opiniones expresadas en los textos son de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de la Fundación Padre-Menard. Todos los textos publicados están protegidos por derechos de autor.




