REAVIVA TU ESPERANZA

La fuente de la verdadera alegría

Christian Rodembourg

Par Christian Rodembourg

REAVIVA TU ESPERANZA

21 enero 2026

Foto de Andre Hunter / Unsplash

Nietzsche, filósofo alemán del siglo XIX e hijo de un pastor, tuvo en su época palabras duras hacia los cristianos: «Si su fe los hace felices, ¡demuestren entonces que son felices!«, decía.

Paul Claudel, escritor y diplomático de finales del siglo XIX y mediados del siglo XX, afirmaba por su parte que «el cristiano solo tiene un deber, el de ser feliz«.

En la Palabra de Dios, numerosos pasajes nos llegan por su sentido de esperanza y alegría que ya alimentaban en su época a los profetas, a los buscadores de Dios, a los apóstoles y a los primeros cristianos.

A menudo me pregunto: en nuestra vida cotidiana, ¿somos testigos creíbles de la alegría?, ¿ésta se refleja en nuestros rostros y en nuestros ojos, a pesar de las pruebas inherentes a toda vida humana? ¿Se traduce en actos modestos en la vida cotidiana?

No perdamos de vista que nuestra fe y nuestra alegría se arraigan en esta herencia de un Dios revelado por Jesús, que libera del mal y profesa un amor especial por los excluidos, los desfavorecidos, los enfermos y los que sufren. El primer lugar en el corazón misericordioso del Señor es para ellos.

Mientras Jesús terminaba de dar sus instrucciones a los apóstoles, Juan Bautista, que estaba en prisión, oyó hablar de las obras realizadas por Jesús. Envió a sus discípulos para comprobar quién era realmente: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 3).

Jesús nos invita, al igual que lo hizo con sus contemporáneos, a profundizar nuestra fe en Dios de una manera totalmente nueva e inesperada: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, ¡y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva!” (Mt 11, 5)

La respuesta de Jesús es elocuente y transforma de manera definitiva la comprensión del proyecto de Dios para la humanidad. Esto puede y debe realizarse hoy en el corazón de nuestros encuentros, de nuestras palabras y de nuestros compromisos reales, tanto en la vida privada como en la pública.

Mientras el pueblo judío esperaba un Mesías juez y triunfador de todo y de todos, que resolvería todos los conflictos históricos con un golpe de varita mágica, Jesús manifiesta la grandeza del amor y la inmensa ternura divina mediante humildes actos de bondad, acogida y escucha hacia los más pequeños de la humanidad.

Al igual que Juan Bautista, también nosotros podríamos encerrarnos en nuestras propias certezas, en nuestras interpretaciones auto satisfactorias y en nuestros interrogantes sin salida.

No dudemos nunca en preguntarnos si no tenemos en nosotros una idea falsa de Jesús o una interpretación algo dudosa de su mensaje. Jesús siempre estará mucho más allá de todo lo que podamos pensar, imaginar, decir o escribir sobre él.

El Dios revelado en Jesucristo se manifiesta clara y audazmente a través de gestos de compasión y amor.

Sabiendo que este «tipo de Mesías» no correspondía a las expectativas de sus contemporáneos, Jesús precisó: “¡Dichoso aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!” (Mt 11, 6).

Entendamos bien que cuando Dios interviene en la historia humana, es para sanar, salvar y liberar al ser humano de todo lo que le impide desarrollarse, crecer humana y espiritualmente, amar y dejarse amar.

¿Acaso no proclama el salmista que el Señor “hace justicia a los oprimidos, da pan, desata a los encadenados, abre los ojos de los ciegos, endereza a los abatidos, ama a los justos, protege al extranjero, sostiene a la viuda y al huérfano?” (Sal 145)

Nuestro Dios es un Dios de ternura y bondad. No inspira miedo a nadie. Está cerca de nosotros. Vive tanto nuestras alegrías, nuestros éxitos, nuestros extravíos y nuestras penas como nuestros sufrimientos. Nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida.

He aquí nuestra alegría cristiana, que encuentra su fundamento en la fidelidad de Dios, que cumple sus promesas.

Con su muerte en la cruz y su resurrección, Jesús abre a toda la familia humana el camino de la vida verdadera. La tierra y sus habitantes quedan así transfigurados definitivamente en la inmensidad del corazón amoroso de Dios.

Guardemos este consejo del apóstol Santiago: “Sean pacientes también ustedes y manténganse firmes, porque la venida del Señor está cerca… ¡No se quejen unos contra otros…!” (St 5, 8)

Al celebrar cada Eucaristía, confiemos totalmente en Aquel que es la única fuente de nuestra alegría. Nuestra alegría es Cristo vivo, aquí, ahora, en lo más íntimo de nuestro corazón.

 

ACERCA DE CHRISTIAN RODEMBOURG

Obispo de la Diócesis de Saint-Hyacinthe y miembro del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Canadiense, Monseñor Christian es un hombre de acción que prefiere conocer al otro en lo concreto de la vida cotidiana, para vivir la misión pastoral en equipo, mujeres y hombres, laicos y sacerdotes, y crecer juntos en humanidad y espiritualidad.

 

Las opiniones expresadas en los textos son de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de la Fundación Padre-Menard. Todos los textos publicados están protegidos por derechos de autor.

 

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