Captura de pantalla modificada del tráiler oficial
Estrenada en 2001, esta película, dirigida por Jean-Pierre Jeunet, propone expresar con palabras e imágenes lo que es la felicidad. A través de una óptica tan fantasiosa como lúcida, el espectador sigue los pasos de Amélie por París, cuya alegría se entrelaza poco a poco con la de los demás, hasta encontrar plenamente su propio rumbo.
Una poética de los pequeños gestos
La fuerza de esta película reside en celebrar los pequeños detalles de la vida cotidiana. En este sentido, desde las primeras escenas, podemos ver que cada personaje se nos presenta a través de sus placeres particulares, como el ruido de las cucharas para Hipólito, el escritor fracasado del café donde trabaja Amélie, las texturas de las frutas para Lucien, el torpe empleado de la tienda de comestibles Collignon, o la satisfacción de meter la mano en una bolsa de semillas en el mercado para la propia Amélie. Estas pequeñas alegrías se convierten en manifestaciones de esa mirada maravillada sobre lo cotidiano. Así, en El fabuloso destino de Amélie Poulain, la felicidad aparece desde el principio, no como un logro espectacular, sino más bien como un estado emocional que se esconde en la simplicidad de los gestos cotidianos. Al darse cuenta de ello, Amélie encuentra su camino en una misión singular: hacer el bien a los demás en secreto, salpicando sus vidas de pequeños milagros.
Todo comienza cuando Amélie descubre, por casualidad, una pequeña caja del tesoro escondida detrás de un ladrillo de su cuarto de baño. Después de encontrar a su propietario, ella observa, escondida, su emoción conmovedora: la caja actúa sobre él como una verdadera magdalena de Proust, despertando recuerdos enterrados de su infancia, pero también sacando a la luz sus sueños presentes que aún no ha realizado.
Conmovida por esta escena, la protagonista decide entonces dedicar toda su energía a hacer realidad los sueños de las personas que la rodean. Ya sea inventando estratagemas para acercar a dos clientes habituales de la cafetería donde trabaja, alegrando el día a un invidente describiéndole todo lo que le rodea o redactando una carta falsa dirigida a su portera depresiva, supuestamente escrita por su marido desaparecido y extraviada durante cuarenta años por la Oficina de Correos, Amélie se convierte en una especie de “ángel de la guarda”.
Sin buscar ser vista, reconocida o recompensada, actúa con un impulso de pura generosidad, impulsada por una generosidad que, al alimentar a los demás, la alimenta a ella misma. A través de esta película, en la que la cautivadora banda sonora compuesta por Yann Tiersen fse hace eco de la alegría que Amélie siembra a su alrededor, la misión de esta última se opone, como afirma el literato Marc-Mathieu Münch, a esa “vida moderna [que] busca practicarnos la ablación del sueño y la fantasía”[1]», y propone, por el contrario, un reencantamiento de lo cotidiano.
Curarse abriéndose a los demás
Paralelamente a su misión de sembrar felicidad, Amélie visita a menudo a su vecino, un pintor solitario que se esfuerza por reproducir El almuerzo de los remeros de Renoir. Uno de los personajes del cuadro, una joven de mirada soñadora que bebe un vaso de agua, suele ser el punto de partida de sus conversaciones. Al hablar de este personaje femenino e imaginar su vida, sus deseos y sus anhelos, Amélie habla en realidad de sí misma y le confiesa a su vecino, entre líneas, su enamoramiento por un chico al que conoce desde hace mucho tiempo :
«– ¿Conoces a la chica del vaso de agua? Si parece un poco ausente, quizá sea porque está pensando en alguien?
– ¿En alguien del cuadro?
– No. Más bien en un chico con el que se ha cruzado en otro sitio. Tiene la impresión de que él y ella se parecen un poco.
– En otras palabras, ¿prefiere imaginar una relación con alguien ausente antes que crear vínculos con los que están presentes?
– ¡No! Al contrario, se ha propuesto arreglar los líos de la vida de los demás.
– Pero ella, ¿quién se va a ocupar de los líos de su propia vida?»
Esta conversación pone de relieve un detalle en el que Amélie no había pensado: al sembrar pequeños milagros en la vida de los demás, se olvida de sí misma, prefiriendo actuar en la sombra y permanecer invisible en lugar de ir realmente al encuentro de las personas. Jean-Pierre Jeunet, en esta película, ha elegido “como principal antagonista el deseo de la joven de hacer felices a los demás antes que a sí misma.[2] De hecho, aunque Amélie florece cuidando de los demás, sigue siendo incapaz de abrirse al amor y la amistad verdaderos. Criada sin un verdadero afecto parental, ha aprendido a protegerse tras la distancia y el secreto. Esta postura, que al principio parecía impedir que los demás la hirieran, se convierte poco a poco en una prisión de la que ella intenta liberarse progresivamente. En efecto, ¿de qué sirve la felicidad si no se puede compartir?
La película muestra así que la felicidad no puede alcanzarse plenamente sin reciprocidad. Amélie solo podrá curarse verdaderamente no solo dando, sino también recibiendo el afecto, el apoyo, la amistad y el amor de quienes la rodean, y aceptando ser vista por los demás. Aunque la idea de hacerse visible le da miedo, al final, al encontrarse con Nino, el famoso joven del que está enamorada, se atreverá por fin a aceptar el hecho de que ella también tiene derecho a la felicidad. Es un verdadero salto al vacío, pero en lugar de caer, Amélie aprende a volar y a liberarse de sus propias contradicciones.
El fabuloso destino de Amélie Poulain rnos recuerda que la verdadera plenitud nace de la circulación de la felicidad: dar y recibir, ofrecerse y acoger contribuyen por igual al desarrollo de todo ser humano. La felicidad se teje en la pureza de los gestos, en la atención a los demás, por supuesto, pero también en el valor de abrir el corazón al mundo, por frágil que sea.
Notas :
[1] Marc-Mathieu Münch, «Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, de Jean-Pierre Jeunet», Esprit, no 277, 2001, p. 225.
[2] Marc-Mathieu Münch, «Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, de Jean-Pierre Jeunet», loc. cit., p. 225.
ACERCA DE SOPHIE ARCHAMBAULT
Candidata al doctorado en estudios literarios por l’UQAM, Sophie lee y escribe para entender mejor al ser humano, la sociedad, pero sobre todo al mundo en el que vive. Noctámbula, sus lecturas nocturnas sobre la espiritualidad y los fenómenos religiosos han acrecentado su interés por el concepto de lo sagrado. Amante de la naturaleza y sus peligrosas bellezas, la mitología, la historia del arte y todo lo que requiere creatividad, Sophie gusta de encontrarse a sí misma a través de estas pasiones para luego abrirse al mundo que la rodea.
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