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El autor del Libro de la Sabiduría nos invita a volvernos hacia Dios sin dudar, porque Él cuida de nosotros, porque Él puede todo, porque Él es misericordia, porque Él es amor, porque Él es bondad, porque Él es aliento de vida, porque Él levanta al que cae.
¿Cómo no maravillarnos ante esta bondad misericordiosa de Dios? ¿Cómo no dar gracias por este amor inquebrantable hacia toda la creación y hacia todos los seres humanos? ¿Cómo no atrevernos a cruzar la puerta de la transformación interior de nuestro corazón ante tal solicitud?
Señor, tú amas todo lo que existe, no sientes repulsión por ninguna de tus obras; si hubieras odiado algo, no lo habrías creado (Sab 11,24). Pero, en la época de Jesús, ¿comprendía todo el mundo la profundidad del amor de Dios, ese apego del Señor incluso hacia las personas que eran catalogadas como pecadoras?
Volvamos por un momento a Jericó, ciudad símbolo de nuestra antigua humanidad situada bajo el nivel del mar, una de las más antiguas del mundo. Construida en un oasis en medio del desierto, ha estado habitada ininterrumpidamente durante más de ocho mil años.
Jesús y Zaqueo
San Lucas nos cuenta este encuentro increíble a los ojos de los humanos entre Jesús y Zaqueo (nombre que significa: Dios recuerda). Este hombre se ve rechazado y despreciado por sus semejantes debido a su trabajo como recaudador de impuestos, probablemente, un poco aprovechado. Zaqueo está claramente en busca de sentido para su vida. Ha oído hablar de Jesús y, a pesar de la multitud y de su baja estatura, intenta verlo. Corre y se sube a un árbol. Quiere ver a Jesús. Y así sucede. Sus miradas se cruzan. Y entonces, todo cambia mucho más allá de lo que Zaqueo probablemente podría haber imaginado o esperado.
Jesús mira a Zaqueo, lo llama, le pide que se acerque. Jesús entra en su casa. Jesús es el protagonista de este encuentro. Jesús le da a Zaqueo amor, misericordia, ternura, salvación y alegría liberadora. Es Jesús quien salva lo que estaba perdido en la vida de este hombre. Es Jesús quien le devuelve la dignidad humana.
Jesús sorprende a todos, por supuesto. ¿Con qué propósito? Jesús permite a Zaqueo revelar un lado de su personalidad que nadie sospechaba que tenía: su generosidad y su sentido de la justicia.
Al ver esto, Jesús exclama: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque él también es hijo de Abraham” (Lc 19, 9). ¡Qué esperanza para nosotros! Jesús tiene ese mismo deseo de encuentro con cada uno de nosotros. Atrevámonos a mirar a Jesús y dejémonos mirar. No tengamos miedo ni vergüenza.
Jesús saca a relucir lo mejor de Zaqueo, como también de María Magdalena, la samaritana, Nicodemo, la mujer adúltera, la pecadora, Simón el fariseo, el buen ladrón, Pedro y los demás apóstoles.
¡Jesús quiere ayudarnos a revelar también lo mejor de nosotros mismos! Jesús ve más allá de nuestras debilidades, nuestras carencias, nuestros errores y nuestras infidelidades. Él ve lo que podemos llegar a ser. A Jesús no le interesa tanto el pasado como el futuro de nuestra vida. ¡Él desea nuestro crecimiento humano y espiritual!
Cristo vino a habitar entre nosotros para compartir nuestra condición humana. No solo vino para los justos que no creen necesitar un salvador, sino sobre todo para los pecadores y para quienes han sido heridos por la vida. ¡Lo mismo ocurre con los excluidos de nuestro tiempo!
El amor de Dios se ofrece a toda la familia humana. Cada ser humano es importante y único a los ojos del Señor. Es Dios quien llama a nuestra puerta y nos ofrece su ternura y su amor. Nuestra conversión será el fruto de este amor divino recibido y plenamente aceptado.
Para vivir esto, para encontrar a Cristo en verdad, debemos bajar de nuestro árbol. Como Zaqueo, con demasiada frecuencia tendemos a juzgar al mundo desde arriba, desde nuestro lugar de observación, desde lo alto de nuestro orgullo humano, de nuestros conocimientos, de nuestros títulos, de nuestras certezas…
Creemos saber siempre mejor que los demás lo que deben vivir o ser. El Señor nos invita a abandonar nuestra torre de observación para volver a casa con él. Allí podremos evaluar mejor nuestra propia vida. Entonces veremos, gracias a Cristo, lo que no funciona bien en nuestra vida y, así, dejaremos de juzgar y condenar a los demás.
Recibamos al Señor con alegría. Solo Él puede cambiarnos. Él puede transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Él puede liberarnos del egoísmo, hacer de nuestra vida un don de amor, activar nuestra fe y permitirnos así realizar todo el bien que deseamos (2 Ts 1, 11).
ACERCA DE CHRISTIAN RODEMBOURG
Obispo de la Diócesis de Saint-Hyacinthe y miembro del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Canadiense, Monseñor Christian es un hombre de acción que prefiere conocer al otro en lo concreto de la vida cotidiana, para vivir la misión pastoral en equipo, mujeres y hombres, laicos y sacerdotes, y crecer juntos en humanidad y espiritualidad.
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